Hay personas que tienen como misión reconciliarnos con la literatura, con el valor de los relatos que pasan de generación en generación, que se deslizan por la vida de los abuelos para inundar de recuerdos la vida de los nietos. Hay personas que nacieron con un privilegio: su memoria. Su capacidad de dar forma a los gestos, de describir cada uno de los rostros con los que se cruzaron. Hay personas que superando sus límites son capaces de saltar uno a uno todos los obstáculos que pone la vida aferrados con férrea confianza a un brazo que les permite que el tiempo a veces no avance trágicamente, sino que se pare e incluso retroceda. Unos pasos atrás. Unos años.
Hay personas que hacen difícil cualquier retrato. Porque las palabras sólo encierran la realidad, acotan algunos detalles. Podrían describir a Pepín como un marbellí afectado por una enfermedad crónica, que perdió hace varios años la capacidad de andar, que sólo oye por uno de esos diminutos aparatos que van tapando sílabas, una tras otra, hasta hacer prácticamente ininteligible cualquier conversación. Que se dejó atrás la vista, primero en un ojo, luego en los dos. Pero esas palabras no serían capaces de explicar su sonrisa permanente, la fuerza de cada uno de sus saludos, sus resistencia, su lucha y, sobre todo, su pasión por escribir.
Pepín convierte en palabras todos los recuerdos de sus viajes por el mundo. Se sienta y escribe en el aire frases que caza su esposa o el voluntario que le acompaña, y que caen luego en una máquina que no le ve a él, igual que él no puede reconocerla, pero que las transforma mágicamente en un libro encuadernado, y luego en otro. Centenares de páginas. Anécdotas, sueños, alegrías, tristezas que luego pasan de mano en mano entre aquellas personas que le reconocen por el Paseo Marítimo y le abrazan, entre aquellas que le conocieron cuando ya era escritor, porque él siempre lo fue, aunque no escribiera, entre aquellos que ahora leen sus páginas y se reconcilian con la literatura y con los relatos familiares.
Sólo puedo sonreír y aprender.
Miscelánea:
(…)
En aquél tiempo había en Marbella una sola escuela de primera enseñanza, a la que asistíamos unos cien chiquillos y cuyo maestro, Don José Solano, era un simpático hombretón muy querido en el pueblo y que administraba sus clases bajo el lema de “la letra con sangre entra” y que se quejaba, aunque en broma, de que no ganaba ni para palmetas, que eran las reglas de madera con las que castigaba al alumno, golpeándole en el dorso de la mano.
Era hombre robusto y bigotudo, del que muchos alumnos se escondían cuando se cruzaban por la calle con él, puesto que tenía la costumbre de llamar a cada uno por su nombre para hacerle públicamente preguntas de gramática o aritmética (hoy lengua y matemáticas), para que la gente de su alrededor viera el nivel de sus alumnos, lo que debía de producirle mucha satisfacción.
En éste colegio, que recuerdo nos costaba la cantidad diaria de una “perra gorda” (10 céntimos de peseta) que debíamos llevar en la mano a la entrada de la escuela, debí de estar hasta los ocho años, pues recuerdo que, como éste hombre era republicano, cuando el 14 de abril de 1.931, se proclamó la 2ª República, él, que tenía pegada a su oreja una radio galena (artefacto muy simple construido con pirita y unos cables), nos pidió silencio, gritando emocionado: ¡Viva le República! y terminando así la clase por aquél día.
Como éste colegio estaba situado muy cerca de la plaza de Altamirano y por tanto a espaldas de la Iglesia de la Encarnación, salimos los chiquillos en desbandada para irnos directamente a la plaza de la Constitución, de donde partía ya el rumor y griterío que iba armando la gente que allí se concentraba. Para entrar en la plaza tuve que pasar inexcusablemente por la puerta de mi casa, o sea del Teléfono, donde tuve la oportunidad de decirle a mi madre la novedad de nuestra falta al colegio, y pasando directamente a las puertas del Ayuntamiento, donde los guardias municipales, a las órdenes de su jefe Sebastián Martín, ya estaban haciendo el reparto entre el público de unas fotografías de los capitanes sublevados Galán y García Hernández, que posteriormente fueron fusilados.
Estas fotografías, impregnadas con no sé que sustancia o procedimiento, si te quedabas mirándolas fijamente durante unos minutos, y después levantabas la vista al cielo, veías el rostro reflejado en el espacio (según las instrucciones que se iban pasando de grupo en grupo). (…)
MISCELANEA DE MI MEMORIA-1José Galán Macías
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