Podría decir que aquel momento marcó mi vida, que recibí mi primera gran lección o que conservo un recuerdo imborrable. Pero no. De mi primer día en una redacción de un periódico sólo recuerdo el sudor. Hacía un calor pegajoso de verano, y la camiseta se me había empapado. Sólo podía pensar en eso, mientras me sentía por un instante el centro de atención (no porque lo fuera, sino por ese particular egocentrismo con el que se afronta el tenso inicio de cualquier momento importante) de un sitio extraño en el que, no sabría explicarme por qué, se respiraba una atmósfera especial. Distinta.
Mi inmadurez filtraba entonces las lecciones que recibía diariamente y que en muchos casos he tardado años en entender. La impotencia del periodista por encarar la primera persona y pasar de contar el fallecimiento de un ser ajeno a detallar la muerte de un compañero de mesa; el peso de la responsabilidad de las palabras al ver a un completo extraño leyéndolas; el sufrimiento por un error que dura sólo un día para muchos y una eternidad para quién lo cometió; el horario que nunca empieza, que nunca termina; el sueldo que pocas veces sube… Recuerdo mi extrañeza, mi incomprensión, cuando me preguntaban cuánto cobraba, o censuraban la entrega que ofrecían becarios y trabajadores sin pedir nada a cambio. “Ni que esto fuera solo un empleo, esto es otra cosa”, pensaba con ingenuidad.
En nueve años me he sentido muchas veces parte de una cadena. La que se conforma entre los que ya se han asentado en un periódico y quienes entran, sudorosos o no, por primera vez en una redacción. Así he conocido a grandes profesionales. Amigos. Pero admito, con pena, que hace ya unos años que percibí que esa cadena se había roto. Desde entonces, agachaba la cabeza al ver a un becario, no por indiferencia, por vergüenza por nuestro triste legado, por haber puesto mi granito de arena para convertir este oficio de contar cosas, este servicio básico para nuestro sistema, en una profesión de mierda. Hace tiempo que no me atrevo a aplaudir la ilusión de una persona, a contribuir a la ingenua percepción de que esto no es sólo un empleo y que por eso ni tiene horarios ni tiene sueldos que compensen.
Este martes 26 de abril he visto esa cadena hecha pedazos en el suelo de El Correo de Andalucia. Quizá incapaz de mirar a mis compañeros mientras aguardaban sentados en la redacción a que sonara o no su teléfono para bajar a ser despedidos y poner fin en menos de media hora a años, décadas, de entrega no a una empresa, que paga mal, sino a algo etéreo e intangible que muchos compartíamos (no todos, la ingenuidad tiene límites), a veces me descubría observando los gestos de esos becarios sudorosos. Miraban incrédulos lo que ocurría a su alrededor. Cómo esas personas, de las que se sintieron egocéntricamente centro de atención cuando llegaron a la redacción, estaban atemorizadas al sentir reducidas sus horas, su esfuerzo a una mera hoja de cálculo. Se miraban los unos a los otros, alguno con los ojos llorosos, acompañaban al resto, hacían sonar sus aplausos de despedida, de reivindicación de la dignidad del periodista. Y adquirían su gran lección: los medios de comunicación agonizan, se suicidan uno detrás de otro en nombre de unas cuentas que no salen.
Podrá alguien decirme que ocurre lo mismo en todas las profesiones, en todos los sectores. Y aunque me joda, tendré que darle la razón. Porque eso es lo que han conseguido. Destruir la atmósfera especial de una redacción, acabar con la ingenuidad que nos hacía fuertes, borrar la responsabilidad inmaterial que tenían nuestros actos, hacer pedazos esa cadena que nos unía y que nos hacía distintos.





egún cifras de Save the Children. La ONG hace públicas estas cifras cuando se cumplen tres años del lanzamiento de su campaña ‘Reescribamos el Futuro’ con el objetivo de proporcionar “educación de calidad” a 8 millones de niños que viven en países afectados por conflictos armados hasta el año 2010. a ONG recuerda que la educación “puede contribuir a la estabilidad de los países y a su crecimiento económico”. De hecho, según inciden, las investigaciones demuestran que mayores niveles de educación en un país reducen el riesgo de que estalle un conflicto. Además, según sus datos, “cada año adicional de educación formal reduce la probabilidad de que los varones se involucren en un conflicto en un 20 por ciento”. “Gracias a la educación los niños y niñas tienen la oportunidad de romper el ciclo de la guerra y la pobreza”, añaden desde la entidad.”