Pantallas gigantes
La última huelga general sí ha tenido una utilidad: ha ratificado que en España conviven con cinco millones de desemplados, otros 42 millones de personas, igualmente parados, inmóviles, indolentes, apáticos. No confiamos en el Gobierno, ni en la oposición; ni en los sindicatos ni en los empresarios; ni en los bancos y grandes instituciones monetarias ni en las ONG. Confiamos en e
l vecino siempre que sea igual que nosotros, con nuestras miserias y nuestras virtudes, pero desconfiamos de él en cuanto surge cualquier amago de liderazgo.
Hay sin embargo una excepción, el espectáculo. Confíamos ciegamente en él, y a él se entregan artistas, políticos y hasta banqueros. 60.000 personas se agolparon la pasada semana en el Estadio Olímpico de Sevilla para presenciar el concierto de U2, o más bien su hipnótico show de pantallas, luces y sonidos que transfomaban la música en algo completamente irreal y engrandecían hasta darle la condición de gigante, a un ser humano del mismo tamaño o incluso inferior al de las 60.000 personas que le observaban, o más bien a la imagen irreal que se proyectaba de él, boquiabiertos.
Un día después, junto al río llegó José Luis Rodríguez Zapatero, y reunió sólo 5.000 personas, tirando por lo alto. Fieles votantes socialistas llegados de toda Andalucía, cuyo respaldo en los comicios estaba más que garantizado. Pero sin espectáculo no hay política, en un recinto en el que prácticamente hubiera bastado con gritar se instalaron enormes pantallas que captaban cada gesto, cada palabra del presidente del gobierno hasta transformarla en algo ficticio, quizá hasta conseguir que se olvide que la imagen que se proyecta es la de un otra persona, con una larga trayectoria de fracasos y éxitos, escualido, distante y con un gesto cada vez más forzado. Y por si no fuera poco, cada candidato se convirtió durante unos instantes en un concursante más de un programa de Telecinco o Antena 3. ¿Para qué hablar de programas, de ideas, si podemos traer a un aspirante a una Alcaldía a un discurso sobre Bob Esponja o sobre el número de amigos que se deben tener en Facebook?
Y cierra la semana el presidente del banco más importante del país, ese que nos niega o nos asfixia con sus hipotecas, ese al que el Estado ofrece dinero ante el más mínimo indicio de que puede tener un agujero; ese cuyos ingresos son casi un secreto de Estado. Botín, con gorra roja de Ferrari, entregado ante lo único que puede conseguir ese bien tan preciado que es la confianza: el espectáculo de la Fórmula 1. Ya ni siquiera el deporte, puro show, marketing, y sobre todo dinero que maquilla la realidad hasta que ésta pierde su esencia.
Me quedo con la sencillez sin artificios de El Roto: “Con las pantallas gigantes, nos empequeñecen”.
