Peceras

La percibí inquieta. Sentada a mi lado, sostenía con firmeza un pequeño papel doblado. Lo apretaba como si fuera la única sujeción que mantenía su precario equilibrio. Era un folio impreso, de esos que cobran una peculiar consistencia cuando concluyen con un sello oficial; de esos que transmiten pavor desde su terrorífico encabezamiento: Juzgado de Instrucción. No pude evitar mirarla. Mis ojos no pudieron esquivar la curiosidad que les llevaba directamente hacia sus manos. Al fin y al cabo, en esos momentos, durante unos pocos minutos, se había generado una silenciosa y enigmática complicidad entre ella y yo. Los dos compartíamos asientos de espera. Los dos éramos observados desde el otro lado de una barrera invisible que separa a unos empleados en sus puestos de trabajo; de unos trabajadores (o parados) que cambian de papel y se convierten ahora en clientes.

Me cazó. Su mirada se cruzó con la mía. Ni siquiera me reprochaba nada. Sólo me advertía de que se había dado cuenta. Volví la cabeza, conté hasta cinco, e inicié el movimiento para regresar a mi posición inicial. Ya no me miraba. Algo la había distraido. Un hombre se acercaba hacia ella. Su marido. Su pareja. Le pidió un cigarro y ambos observaron por un instante aquel pequeño papel impreso. No les importó que les mirase, en realidad no era el único. Los dos eran seres completamente extraños en esa sucursal de un banco cualquiera de Sevilla, una pequeña pecera llena de trajes, de corbatas, de pelos (escasos casi siempre) aplastados y repeinados con esmero antes de salir de su casa. Una urna de cristal que le ha conseguido dar la vuelta a nuestras vidas. Si somos nosotros quienes hemos venido alimentando  a aquellos peces y les hemos dado un sitio privilegiado en nuestros hogares hasta convertirlos en imprescindibles, ahora ellos se han adueñado de todo hasta el punto de que pueden dejarnos sin comida y echarnos de nuestras casas con un simple papel impreso sellado y correctamente encabezado. Una orden de embargo, una carta de expulsión de la vida que has intentado construir.

El marido salió. Y volvimos a quedarnos solos. Ahora, los dos dirigimos nuestras miradas al extremo contrario de la pecera, a un pequeño castillo, como aquellos con los que premiábamos a nuestros peces cuando se portaban bien, o más bien cuando lograban esquivar la muerte durante más tiempo del habitual. Y de allí salieron los dueños de nuestras vidas, los propietarios de nuestros hogares. Chaquetas, corbatas, pelos engominados. Era eso lo que aguardábamos. Pronto percibimos que la espera había sido inútil, la costumbre hace que con un simple gesto nos transmitan el temido mensaje: no tienen tiempo para nosotros. 

“De lo tuyo no hay nada”, me espetó uno de esos hombres que controlan los grifos del dinero. Juro que en ese momento, después de los intensos instantes compartidos con mi anónima acompañante, no tenía ni la más remota idea de qué era lo mío. Miré hacia mi izquierda. Para ella no hubo ni una palabra, ni un guiño. Su inmovilidad se partió en pedazos, su rostro se agrietó. Se levantó y empezó a llorar, moviendo arriba y abajo ese pequeño trozo de papel con la misma fuerza con la que éste había sacudido su vida. Por un momento, durante unos esperanzados segundos, se rompió la barrera imaginaria que nos separaba de otros trabajadores como nosotros que habían sido destinados a ese acuario. Una de ellas pidió que la atendieran, otra hizo ademán de levantarse y ofrecerle al menos lo mínimo que reclama una persona desesperada: atención. 

Fue efímero. Quien tenía que escucharla no le dedicó más que un gesto de falsa delicadeza para apartarla y ofrecerle un sitio donde prolongar aún más su larga agonía o al menos donde dejar de llorar hasta abandonar la sucursal bancaria. E inmediatamente se fueron, dejándola allí tan inmóvil como el resto de las personas que formábamos parte de esa escena.

No tuve fuerzas para quedarme más tiempo. Rompí bruscamente mi complicidad. Y huí. Por el camino recordé a qué había venido. A esa periódica humillación a la que nos somete el sistema en pago por el pecado de haber querido emprender nuestras propias vidas con cierta independencia. Les dimos las llaves de nuestras casas, pagamos con nuestros impuestos sus problemas de gestión, y regularmente nos enseñan con cortas representaciones que cuando quieran pueden echarnos. Y que no nos darán ni siquiera tiempo para despedirnos con una lágrima o con un merecido corte de manga.

Advertisement

~ por Javier Alonso en octubre 18, 2010.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.