Empresas de “primer orden”

A uno de esos gurús de la economía mundial, Lester Thurow, se le atribuye una descripción de la economía española de los 90: “Es importante tener empresas líderes. Suecia tiene Volvo y Saab; Holanda Unilever y Shell, pero España carece de empresas de primer orden”. Quizá, aunque parezca lo contrario, la situación no ha cambiado demasiado. ¿Pueden considerarse directivos de empresas de primer orden aquellos que defienden con orgullo a Gerardo Díaz Ferrán? ¿Aquellos que se olvidan de que sin los trabajadores sus negocios no son nada? Es imposible que este país aspire a tener empresas de primer orden si el resultado del posado de sus juntas directivas es el que quedó reflejado esta semana en el reportaje de El País Semanal. Más de noventa directivos de diez empresas internacionales con sede en España y entre ellos menos de una decena de mujeres. La proporción es casi de una mujer por cada diez hombres. Y algunos, como ACS, Telefónica o La Caixa tienen la osadía de tratar de reflejar el rostro humano de las grandes cifras económicas con un plantel de diez hombres, todos vestidos iguales y de un perfil similar. Se puede hacer la prueba y buscar siete diferencias entre algunos de los hombres del reportaje. En algunos casos es difícil.

 

No es una cuestión de cuotas. La imagen refleja el distanciamiento entre las empresas de este país y la sociedad. No son los mejores quienes llegan más alto, sino aquellos que se ajustan a un perfil determinado, en el que ser mujer tiene difícil encaje. En otros países, especialmente los nórdicos, tener un hogar, una pareja, se considera un valor importante para el trabajador a quien se le atribuye una mayor fidelidad y compromiso con un proyecto y con una empresa; en España juega en su contra, y especialmente si es mujer. ¿Para que establecer un vínculo de la empresa con un trabajador que se considera una pieza más, fácilmente reemplazable, y al que lo único que se le deben son 20 días de sueldo por año trabajado si no se obtienen los beneficios previstos? ¿Para qué buscar una verdadera implicación del empleado si el objetivo es que en cuanto la antigüedad empiece a suponer un coste, por mucho valor añadido que la experiencia suponga, deje paso a otra persona a la que se pueda exigir más por menos dinero?

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~ por Javier Alonso en noviembre 2, 2010.

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